miércoles, 24 de junio de 2009

LA ORACIÓN DE LOS HIJOS

Capítulo IV
LA ORACIÓN DE LOS HIJOS
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Jesús ha querido dejar a sus discípulos una oración: el Padrenuestro. Para todos los cristianos es una oración sagrada, no sólo porque ha salido de los labios mismos de Jesús, sino sobre todo porque es una síntesis de todo su Evangelio. Por eso, al recitarla una y otra vez, cada uno descubre con profundidad y cada vez más quién es y a qué está llamado.

Durante su vida terrena, Jesús vivió su relación con Dios al modo humano, por medio de la oración. Por eso su oración fue absolutamente original y única, ya que brotaba de su ser Hijo de Dios. Fue una oración filial, que se dirigía a Dios con toda confianza como «Abbá» y le manifestaba su disposición obediente a realizar con prontitud todo aquello que le agradaba: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36).

Hijos adoptivos de Dios por la fe y el bautismo, habiendo recibido «el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál 4,6), los cristianos podemos participar ya en esta vida, por medio de la oración del Señor, de la misma comunión que, en su vida terrena, vivió Jesús de Nazaret con el Padre. Al enseñarnos a orar con sus propias palabras, Jesús nos introduce en su propia oración, en su propia espiritualidad, en el secreto de su corazón de Hijo de Dios hecho hombre.

En una palabra, el Padrenuestro es la oración que conforma nuestra mente y nuestro corazón a semejanza de Jesús. Y por ello es a la vez modelo de toda oración cristiana y una forma de vida: la de los hijos de Dios.

Su estructura es simple y esencial. Jesús dice en el Sermón del Monte: «Buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33). De acuerdo con esta orientación, el Padre nuestro consta de una invocación o llamada («Buscad»), de una primera serie de tres peticiones, que suplican la intervención de Dios en la vida humana («el Reino de Dios»), y de una segunda serie, también de tres peticiones, que presentan a Dios nuestras necesidades («y todo lo demás…»).

Invocación

«Padre»

Jesús nos exhorta a invocar a Dios como «Padre», «Abbá», porque él es su Hijo y quiere que nosotros seamos y vivamos como hijos; de ahí que nos anime a comenzar la oración con este grito de confianza y amor. Al llamar así a Dios, nos sentimos amados y comprendidos por él hasta el fondo. ¿Cómo dudar del amor de quien hizo morir a su Hijo por nosotros cuando todavía éramos pecadores? (cf. Rm 5,8). Le buscamos porque sabemos que es él quien nos está buscando y esperando siempre.

«Nuestro»

Incluso cuando nos dirigimos a Dios en la más absoluta soledad (cf. Mt 6,6), siempre nos presentamos ante él como miembros de una familia, la de los hijos de Dios. Oramos siempre unidos con nuestro Hermano mayor, Jesús, que en realidad es el que ora a través de nosotros; con todos nuestros hermanos cristianos que peregrinan en todas las naciones de la tierra y con los que están ya en la patria; y nuestra oración abarca también a los hijos que no invocan a Dios porque no saben que es su Padre.

«Que estás en el cielo»

No queremos decir que esté lejos, porque es lo más cercano que tenemos: en Cristo el cielo se ha acercado a la tierra y se nos ha abierto un camino para penetrar en él. Lo que queremos expresar es que este Padre es inmenso, grande, inabarcable; no podemos proyectar en él las categorías de la experiencia de la paternidad terrestre, siempre limitada e imperfecta. Porque, si lo hiciéramos, no podrían llamarle Padre los que no han conocido un padre en esta tierra, ni los que han tenido una mala experiencia de él.

Primera parte: El Reino de Dios

En la primera serie de peticiones le suplicamos que cumpla su designio salvador en la historia de los hombres y que éstos acepten su voluntad, ya que sólo así podremos alcanzar la felicidad para la que hemos sido creados. Dicho de otro modo, le pedimos que ejerza su paternidad para que los hombres nos comportemos como hijos y como hermanos.

Y esto se lo decimos de tres modos; no para que él nos entienda mejor, sino para que lo entendamos mejor nosotros.

«Santificado sea tu nombre»

En el ambiente cultural bíblico, el nombre manifiesta y expresa lo que es la persona. Por tanto, le pedimos que sea santificado él mismo.

Pero, ¿cómo es posible una santificación del Santo? Porque la palabra «santo» indica lo que es propio, típico de Dios, aquello que le distingue de todo lo que es finito y creado. No podemos, por tanto, pedir que Dios sea divinizado.

Lo que le pedimos en realidad es que nos haga participar de lo que él es, que su santidad se realice y difunda en toda la gran familia cristiana. Es decir, le pedimos como gracia lo que después se convierte en nuestra máxima exigencia, como nos dice San Pedro: «Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: "Seréis santos, porque yo soy santo"» (1 Pe 1,15-16).

Y, como Jesús nos ha revelado que lo más propio e íntimo de Dios es ser Padre, y un Padre «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45), lo que en último término le pedimos es ser perfectos como él es perfecto (cf. Mt 5,48), imitar su amor absolutamente gratuito, ser signos de su bondad generosa, para que pueda ser conocido por todos los hombres.

«Venga a nosotros tu reino»

El «reino de Dios» es la situación nueva que se crea cuando el hombre acepta, dice sí, a la oferta que le viene de parte de Dios. Se trata, por tanto, de una realidad bilateral, de una «alianza», como la llama la Biblia. En consecuencia, lo que aquí pedimos son dos cosas: que Dios nos ofrezca la salvación y que nosotros la aceptemos.

Ahora bien, la oferta de Dios ha tenido un desarrollo progresivo, y, por tanto, la respuesta del hombre se ha tenido que ir adecuando también a lo que Dios le pedía en cada momento. En Moisés, Dios ofreció su protección a cambio de que el hombre cumpliera sus mandamientos. Pero después, en Jesús, Dios se ha revelado como Padre y nos ha ofrecido ser hijos en el Hijo; y lo que nos pide a nosotros es que creamos en el Hijo que él ha enviado. Pero, una vez llegados a este nivel, aún hay otro desarrollo ulterior: se trata de que Cristo esté cada vez más presente en todos los hombres e incluso en toda la realidad creada, para llevarlo todo a la plenitud querida por Dios. El término de todo este proceso será esa meta final que nos describe San Pablo: «Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que le ha sometido todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Cor 15,28).

A la luz de esto, cuando los cristianos decimos «venga a nosotros tu reino», lo que pedimos es una presencia mayor de la riqueza de Cristo entre los hombres, en su vida, en su convivencia social, en las estructuras, en el mundo en que habitan; y una presencia que sea aceptada por los hombres, ya que sólo así podrá desarrollar toda su eficacia. En una palabra, que la alianza entre Dios y los hombres vaya convirtiéndose en esa comunión total de vida y de amor, que es el término previsto por Dios.

«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»

Jesús dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Con esta tercera petición, Jesús quiere, pues, que sus discípulos adoptemos su misma opción fundamental y que dé sentido a toda nuestra vida.

Pero, al formularla como oración al Padre, Jesús plantea la cuestión como un compromiso para Dios y para nosotros. Por una parte, nos hace pedir a Dios que realice plenamente en nosotros su designio amoroso. Y, por otra, nos compromete a nosotros a desear y hacer esa voluntad como nuestro bien supremo. Ahora bien, hacer la voluntad de Dios comporta una docilidad permanente respecto a todas las indicaciones que recibimos de él a través de su palabra, encarnada en Cristo e interpretada por el Espíritu, y a través de la historia de cada uno. De modo que, en cada momento de nuestra vida, le digamos al Padre como Jesús: «No sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36).

Además, la petición tiene un alcance universal y pleno: «en la tierra», es decir, en todos los hombres y por parte de todos los hombres; «como en el cielo», como se cumple ya en aquellos en los que el designio divino ha alcanzado su objetivo último: la identificación total con la vida y el amor de Dios. Realmente, esto equivale a pedir que la tierra, el mundo de los hombres, se transforme en el cielo, el mundo de Dios.

Segunda parte: Todo lo demás

Tras haber pedido al Padre aquello que es prioritario, lo que afecta a la realización y al reconocimiento de su paternidad, los hijos le planteamos nuestras necesidades más absolutas: el pan de la subsistencia, la reconciliación y la comunión, y la libertad frente «al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en el fuego» (Mt 10,28).

«Danos hoy nuestro pan de cada día»

Literariamente, esta petición ocupa el centro del Padrenuestro. Además, es también la que aparece como más característica del cristiano que se dirige al Padre, ya que lo propio de un padre es dar el pan a los hijos.

En el ambiente cultural bíblico, el pan es, al mismo tiempo, una realidad concreta y un símbolo. Y ambos sentidos están presentes aquí.

Como sabemos que Dios Padre se preocupa del desarrollo concreto de la vida del hombre, le pedimos el alimento básico que sustenta la vida. Y este alimento es el pan, un alimento hecho por el hombre para el hombre y que es compartido por cada uno en el seno de la familia.

Pero el pan es también símbolo que evoca todo aquello que hace la vida agradable y digna. Por eso le pedimos también vivienda, vestidos, educación…, todo lo que es necesario para vivir con dignidad y alegría.

Y el hijo de Dios necesita aún otro tipo de alimento: aquél que sólo puede dar directamente el Padre, «el pan de Dios que es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33). Este pan de vida es Jesús, que se nos da como alimento en la Eucaristía. Por eso los cristianos recitamos solemnemente el Padrenuestro antes de recibir la comunión.

El pan, en todos estos sentidos, lo pedimos hoy y para hoy: por dos veces se insiste en la cotidianidad. Porque estamos convencidos de que nuestro Padre sigue con solicitud el desarrollo de nuestra vida, día a día, momento a momento. De ahí que no busquemos almacenar tesoros en la tierra ni nos preocupemos siquiera de precavernos ante el futuro imprevisible. Vivimos al día porque sabemos que el Padre nos ama y protege día a día, sin anticipaciones ni retrasos.

Finalmente, el pan que pedimos es «nuestro», no «mío»: es de todos y debe alcanzar a todos. Lo pedimos unos para otros.

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

Para la verdadera vida, tan esencial como el pan es la reconciliación. Sin ella no hay comunión, no hay verdadera vida humana, vida de hermanos, hijos de Dios. Y la reconciliación pasa necesariamente por el perdón de las ofensas, el perdón pedido y concedido. En esta petición nos encontramos con el misterio central de nuestra fe: Dios «nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18).

Ofendemos a Dios al no reconocerlo como Padre, pero también, cada vez que ofendemos al hombre, no actuando con él fraternalmente, no reconociéndolo como hermano, no perdonándole lo mínimo cuando Dios nos ha perdonado lo máximo (cf. Mt 18,21-35).

Por eso le pedimos al Padre el perdón de nuestros pecados actuales, sabiendo que este perdón está condicionado a la reconciliación con el hermano: «perdonad y seréis perdonados» (Lc 6,37). Pero le pedimos también el perdón definitivo, el día en que todos los hijos nos encontremos con el Padre. Y, mientras tanto, como hijos que han experimentado la paternidad de Dios en el perdón, nuestra oración hace de nosotros constructores de la «civilización del amor», que perdonan en nombre de Dios: «A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará» (Jn 20,22).

«No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal»

La oración del Señor concluye pidiendo al Padre que nos ayude en el momento en que nuestra fidelidad esté en peligro y nos libere del mayor de los males: no llegar a la vida que nos tiene reservada.

No le pedimos que nos libere de la tentación. En efecto, la tentación es una presión que se ejerce sobre nuestros valores y actitudes. Pero esta presión, si somos capaces de vencerla, consolida los mismos valores y nos hace madurar. Sin embargo, dada la debilidad del hombre, la tentación puede desembocar también en la derrota.

Por eso le pedimos a Dios Padre una intervención de defensa: que nos evite entrar en las arenas movedizas de aquellas tentaciones cuyo resultado sería negativo.

En cambio, le pedimos con toda rotundidad que nos libre del Mal, o del Maligno. El cristiano sabe por experiencia, iluminada por la palabra de Dios, que existe una red misteriosa de insidias que tiende a envolverlo y desorientarlo. Más aún, que existen en él puntos débiles, en los cuales el demonio podría hacer presa, y le es difícil darse cuenta de todos. Dios Padre ha superado el mal de la historia desde el principio, y lo ha vencido a través de la muerte de Cristo. Por tanto, puede defender a sus hijos, no sólo poniéndolos en guardia, sino arrancándolos de la garra del «Maligno».

Esta última petición constituye, en el fondo, una llamada al realismo de la situación precaria del cristiano. Éste no puede hacerse ilusiones. Aunque es en verdad hijo de Dios, no puede creer que ha alcanzado ya un nivel de seguridad por encima de todo riesgo. Está aún en camino. Y por eso pide al Padre que tutele su camino, que lo libre incluso de sí mismo, de aquellas zonas de ataque del Maligno de las que se siente y es portador.

Oración

Padre nuestro, que estás en el cielo, tu grandeza llena el universo. Alabado seas porque has querido que seamos hijos tuyos y nos rodeas siempre con tu providencia.

Padre, que tu nombre sea santificado, conocido, amado, celebrado por todos los hombres. Muéstrate a todos tal y como eres.

Padre, venga tu reino a este mundo, tan oprimido por violencias e injusticias. Venga tu reino de amor a la humanidad entera.

Padre, hágase tu voluntad en nuestra vida y en la de nuestros hermanos, y allí donde haya un ser humano que vive, ama, lucha y espera.

Padre, danos hoy nuestro pan de cada día: pan para dar de comer a los hambrientos, ropa para vestir a los desnudos, trabajo para los que no lo tienen.

Padre, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Danos la gracia del perdón mutuo y haz que seamos agentes de reconciliación.

Padre, no nos dejes caer en la tentación del dinero, del prestigio y del poder. Guárdanos de la tentación de renegar de ti o de prescindir de ti.

Padre, líbranos del mal y de la opresión del maligno. Líbranos del egoísmo, de la impureza, de las estructuras de pecado.

Porque tuyo es el reino, Padre, tuyo el poder y la gloria por siempre. Amén.

* * * * *

Sugerencias para la oración personal

En la oración siempre nos debemos dirigir al Padre, origen y meta de nuestra vida. Pero nunca lo hacemos solos. Siempre nos acompaña Jesús. Primero, porque el Padre está en Jesús, y Jesús en el Padre (cf. Jn 14,10). Pero, además, es que Jesús hace siempre suya la oración del discípulo que ora en su nombre: orando somos hijos en el Hijo. Por eso el Padre siempre nos escucha como a Jesús:

«Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13-14).

Conviene, pues, que oremos como Jesús y unidos a Jesús. Él debe ser también el camino de nuestra oración. Le debemos decir con frecuencia: «Señor, acompáñanos en nuestro diálogo con el Padre, pídele por nosotros, enséñanos a saber pedir». La oración cristiana es un diálogo con el Padre y con el Hijo. Más aún, y éste es un gran misterio, acaba siendo un diálogo entre el Padre y el Hijo a través de nosotros.

Y aún hay un tercero, que está como «tapado»: «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre» (Gál 4,6). Es el Espíritu Santo el que nos hace orar; más aún, el que ora en nosotros. Él nos da la fe, la esperanza y el amor que necesitamos para dirigirnos al Padre. Por eso le debemos invocar muchas veces, sobre todo al principio de nuestra oración.

En definitiva, nuestra oración es un diálogo con la Santísima Trinidad. Un diálogo que comenzamos ahora en nuestra vida terrena y que continuará por toda la eternidad. Por eso la oración es un anticipo del cielo.

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HIJOS EN EL HIJO

Capítulo III
HIJOS EN EL HIJO
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1. Somos hijos

El Hijo de Dios, Jesús, no ha sido enviado solamente para darnos a conocer al Padre, sino también para convertirnos a nosotros, sus discípulos, en hijos de Dios. Releamos, ya completa, la afirmación de San Pablo que ya citamos: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,4-5). Ésta es la gran noticia: en el Hijo, en Jesús y por Jesús, nosotros llegamos a ser hijos de Dios; y, por tanto, él es también nuestro Padre. Así se lo dijo Jesús a María Magdalena: «Vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20,17).

Ciertamente, Dios es nuestro Padre por el mero hecho de habernos creado y de cuidar de nosotros con su providencia amorosa; en este sentido, todos los hombres son hijos de Dios. Pero cuando Pablo dice que en Jesús recibimos «la condición de hijos» se está refiriendo a una nueva realidad, a un salto cualitativo que se produce en nuestro ser: en Jesús llegamos a participar de la misma vida del Padre. Por eso el Evangelio habla de un nuevo «poder», de una nueva capacidad, a la que se accede por un nuevo nacimiento: «A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Éstos no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,12-13).

¿Cómo se produce este nuevo nacimiento? Las palabras del prólogo de San Juan que acabamos de citar, lo apuntan con toda claridad: nacemos «de Dios». Lo cual quiere decir, en primer lugar, que nacemos por pura iniciativa gratuita del amor del Padre: «Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos...» (Ef 1,4-5). Pero, además, nacemos «de Dios» porque nacemos por el Espíritu: «Nadie puede entrar en el Reino de Dios (en la condición de hijo), si no nace del agua y del Espíritu» (Jn 3,3-5), como dijo el mismo Jesús a Nicodemo. Es el don del Espíritu, visibilizado por el agua del bautismo, el que nos transforma en hijos de Dios.

Ahora bien, este nuevo nacimiento no se realiza al margen de nuestra libertad. La iniciativa divina necesita ser acogida por nosotros. Y esto lo hacemos recibiendo al Hijo enviado por el Padre y creyendo en él: «A cuantos lo recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre...», nos ha dicho San Juan. La fe en Jesús, proclamada en el bautismo, es la condición para que la vida divina penetre en nosotros.

Si Dios ha destinado a todos los hombres a ser sus hijos y esto se realiza por la fe en Jesús y el bautismo, se comprende el último mandato de Jesús a sus discípulos: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Si bien es verdad que, los que sin culpa suya no llegan a conocer el Evangelio de Cristo o tan siquiera llegan a conocer a Dios, pero se esfuerzan en vivir según su conciencia, pueden llegar a alcanzar también la condición de hijos. Porque la gracia de Dios actúa de modo invisible en el corazón de todos los hombres de buena voluntad; el Espíritu ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, lleguen también a ser hijos en el Hijo.

Aún nos queda una cuestión importante: ¿en qué consiste esta nueva condición de hijos? La verdad es que, de momento, no podemos comprenderla del todo, porque desborda nuestra capacidad actual de conocer. Somos mucho más de lo que ahora podemos descubrir, como nos dice San Juan: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos». Pero el apóstol añade en seguida: «Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es decir, el despliegue final de lo que ahora ya somos de forma inicial y velada consistirá en que seremos semejantes a Dios y lo conoceremos de verdad. O, dicho de otro modo, viviremos la misma vida de Dios. ¿Cómo es esto posible para una criatura? San Pablo, iluminado por el Espíritu, se atreve a balbucear una explicación: Lo que sucede es que el Padre ha impreso en nosotros la imagen de su Hijo, nos ha «conformado» con él a través del don del Espíritu (cf. Rm 8,29; Ef 1,14), de modo que podemos exclamar como el Apóstol: «Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 22,20). Somos, pues hijos porque formamos parte del Hijo. Y por eso esperamos participar también de su herencia, de su destino de gloria (cf. Rm 8,11; Gál 4,7).

2.Vivir como hijos

Si somos hijos de Dios y Dios es amor, vivir como hijos será necesariamente vivir en el amor. La vida cristiana no tiene otro sentido ni finalidad que el amor.

Pero vivimos en un mundo en el que el amor está siempre amenazado; más aún, parece muchas veces imposible. El corazón de las personas está dominado por el egoísmo, las relaciones sociales se basan en la competencia y en la ley del más fuerte, las personas a las que amamos nos responden muchas veces con la ingratitud o van desapareciendo una tras otra, dejando en nosotros un tremendo vacío. ¿No será el amor una utopía irrealizable o una pasión inútil?

Si queremos vivir el amor en estas circunstancias, nuestro amor necesitará tener estas dos condiciones: una convicción firme de que el amor es más fuerte que el egoísmo y la muerte, y una confianza ilimitada en la victoria final del amor. Por eso San Pablo desglosa la actitud cristiana fundamental en tres virtudes: «Éstas son las tres cosas que quedan: fe, esperanza, amor; y de ellas la más valiosa es el amor» (1 Cor 13,13). Son las tres virtudes que llamamos «teologales» porque tienen como origen, motivo y objeto a Dios, las que nos permiten comportarnos como hijos de Dios.

En realidad, las tres forman la actitud única que es capaz de adoptar el cristiano por su participación en la vida divina; aunque cada una acentúe un aspecto especial. El amor es la plenitud de la vida divina a la que hemos sido llamados a participar. La fe es la puerta por la que entramos al amor, la confianza en su poder y los ojos que nos permiten reconocerlo. Y la esperanza es la seguridad de que el amor no falla nunca y que acabará triunfando.

Antes de explicarlas más detenidamente, caigamos en la cuenta de que estas tres virtudes son a la vez don y tarea. Son dones que infunde en nosotros el Espíritu Santo y que nos capacitan para entrar en relación con Dios. Pero estos dones exigen que nosotros pongamos manos a la obra: por eso expresan también nuestra respuesta agradecida al amor gratuito de Dios; y, en esta segunda perspectiva, fundamentan, animan y caracterizan todo el obrar del cristiano.

a) Amar

Jesús nos enseñó que en los mandamientos de amar a Dios y al prójimo se basaba toda la ley y los profetas (cf. Mt 22,40). Con ello nos hacía caer en la cuenta de que el amor es el corazón y la síntesis de toda la conducta humana con Dios y con los hombres. Como luz que ilumina todo, como sal que a todo da sabor, el amor da forma a todas las demás virtudes. Con razón afirma San Pablo: «Si no tengo amor, nada soy… si no tengo amor, nada me aprovecha» (1 Cor 13,1-3).

Pero Jesús quiso que profundizáramos más en el valor primordial del amor a través de aquellas palabras solemnes: «Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Jn 13,34). ¿En qué reside la novedad de este mandamiento, que, además, se presenta como el «único» mandamiento de Jesús? (cf. Jn 15,12).

En primer lugar, en que nuestro amor es respuesta a otro amor primero. Hemos de amar porque antes hemos sido amados: «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios. Dios ha tomado la iniciativa y lo ha hecho desde su propio ser, porque Dios es amor» (1 Jn 4,8). Y «Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él» (1 Jn 4,9). En Jesús, Dios se nos ha dado por entero.

Nuestro amor, además, ha de ser imitación del de Cristo. Porque si Jesús es la manifestación del amor de Dios, él es el único paradigma del amor auténtico. Y ya sabemos que su amor es, primero, total, ya que nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1), hasta dar su vida por nosotros (cf. Jn 15,13); por eso nos puede pedir que demos la vida unos por otros. Y, en segundo lugar, su amor es absolutamente gratuito, ya que murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (cf. Rm 5,10); y por eso nos pide que amemos incluso a nuestros enemigos (cf. Mt 5,44).

Esto nos resultaría imposible si nuestro amor no fuera participación del mismo amor de Dios. Es él quien nos concede amar con el mismo amor con que el Padre ama al Hijo y a nosotros: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Por último, en Jesús y desde Jesús, el amor tiene dos destinatarios íntimamente unidos, Dios y el hombre: «Todo el que ama a aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de él» (1 Jn 5,1). Por eso Jesús unió indisolublemente el amor al prójimo con el amor a Dios, haciendo de ellos un sólo mandamiento. En definitiva, la realidad y la exigencia del amor nos descubre que vivir como hijos de Dios supone necesariamente vivir como hermanos de los hombres. Por que el hombre es la representación visible de Dios en este mundo: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20). Al hacernos hijos de Dios, Jesús nos ha dado también la capacidad de ser hermanos de todos los hijos de Dios por los que él ha dado la vida: Jesús murió «para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52).

Hijos en el Hijo y hermanos en el Hermano; éste es nuestro supremo don y nuestra principal exigencia.

b) Creer

Para la Sagrada Escritura, creer significa sentirse seguro en Dios, confiar en él, basar en él la existencia y encontrar en él apoyo y estabilidad. No se trata, por tanto, de un puro asentimiento intelectual ni tampoco de un mero sentimiento, sino de la entrega de todo nuestro ser a Aquél que es mayor que nosotros. Es un acto de confianza absoluta como el que hizo Abrahán, que «por la fe obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8). O como el que realizó María al decir: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra» (Lc 1,38). Y, sobre todo, como el que realizó Jesús, que confió en el Padre y lo obedeció hasta la cruz, hasta el aparente abandono de la muerte. El Padre premió este abandono total resucitándolo. Y este desenlace se convirtió para nosotros en el fundamento de nuestra fe.

Esta confianza absoluta en Dios nos abre también a una nueva visión de la realidad, ya que nos hace capaces de ver con los ojos de Dios. Por eso la fe, además de entrega es también una nueva manera de conocer a Dios y, desde él, al hombre y al mundo.

Ahora bien, ni la entrega que supone la fe ni la nueva luz que concede son obra nuestra, sino obra de Dios, gracia que se recibe gratis. Cuando San Pedro confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios, Jesús le aclaró: «Esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Lo cual no quiere decir que el hombre reciba este don sin poner nada de su parte. La fe es también un acto plenamente humano y, como tal, esencialmente libre. De ahí que la fe sea también una tarea: debemos cuidarla y hacerla crecer alimentándola con la palabra de Dios, la oración y la coherencia de nuestra vida.

Y aún nos queda por constatar algo importante. La fe es un acto personal, pero no un acto que hace el individuo de forma aislada. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. En primer lugar, porque todos recibimos la fe a través de otros; en definitiva, a través de la Iglesia, que es la que engendra, conduce, alimenta y sostiene nuestra fe. Creemos por la Iglesia y en la Iglesia. Pero es que, además, creemos también para los demás hombres. Si Dios nos ha dado el don de la fe de modo totalmente inmerecido, es para que lo transmitamos a otros. Todo creyente es misionero, porque es enviado a proclamar y difundir la fe.

c) Esperar

La esperanza no es más que el lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del mundo, lo ama y lo dirige hacia el fin previsto por él.

Los hombres vivimos en el presente, pero con la mirada puesta en el futuro. La fuerza secreta que mueve todo el esfuerzo humano es la esperanza en un mañana diferente. Es verdad que una y otra vez nos sentimos frustrados por el fracaso de nuestras aspiraciones; pero la esperanza vuelve siempre a resurgir. Y es que Dios ha puesto en el corazón de todo hombre un anhelo de felicidad, de realización plena y total. Pues bien, la virtud de la esperanza manifiesta el sentido último de este anhelo, porque descubre el objeto al que tiende, la bienaventuranza eterna, y da la seguridad de poder alcanzarlo.

Lo que la esperanza espera es el don último, la gloria del cielo prometida por Dios a los que lo aman y hacen su voluntad (cf. Rm 8,28-30; Mt 7,21). Pero se trata de un don que comenzamos a gozar ya desde ahora; de una meta que está más allá del tiempo, pero que se inicia ya en la historia; de un futuro todavía misterioso, pero que se va alumbrando ya en el presente. Por eso la virtud de la esperanza es luz que nos permite valorar y discernir el auténtico progreso humano y fuerza que nos lleva a superar todos los fracasos, con la confianza de que el mundo está en buenas manos y de que Dios tiene un designio de bondad sobre cada hombre.

El fundamento principal e insustituible de la esperanza cristiana es Cristo muerto y resucitado, y el don del Espíritu. En efecto, si el Padre ha dado un nuevo sentido y valor a la muerte de Jesús, no hay situación del creyente, por muy difícil que sea, que pueda destruir su esperanza. El poder de la resurrección de Cristo es la gran victoria de la vida sobre la muerte; del poder de Dios sobre la debilidad de la carne; del amor de Dios sobre el odio de los hombres; de un futuro de bienaventuranza sobre un presente inestable y caduco. Y de todo esto estamos seguros porque somos ya hijos de Dios y hemos recibido el Espíritu Santo como «prenda de nuestra herencia» (Ef 1,14). Por tanto, «si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,17).

La esperanza cristiana, como la fe, no es una esperanza individual, sino una esperanza con otros y para otros. Es la esperanza de todo un pueblo en camino hacia la tierra prometida, la comunidad cristiana, en la que recibimos, alimentamos y compartimos este don. Y es esperanza para todo hombre, porque sabemos que Dios no ha excluido a nadie de su amor.

Oración (Ef 1, 3-10)

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

* * * * *

Sugerencias para la oración personal

No se te ocurra ir de chulo ante Dios. A esos que se creen los buenos, que dicen que no tienen ningún pecado, que creen que tienen muchos derechos ante Dios, él no los escucha. Recuerda:

«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias". En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18,9-14).

Lo mejor, pues, es que te presentes ante el Padre como el hijo pródigo: «No soy digno de llamarme hijo tuyo» (Lc 15,19). Y para que esta actitud sea sincera, podías hoy dialogar con él respondiendo a esta pregunta. ¿Por qué no soy digno de llamarme hijo tuyo? Recuerda, recuerda lo que él te ha dado y cómo le respondes tú.

«Mi Padre y vuestro Padre»

Capítulo II
«Mi Padre y vuestro Padre»
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1. El gran encuentro

Los primeros capítulos del Evangelio de Lucas constituyen una síntesis admirable de la visión de Dios del Antiguo Testamento, a la vez que una anticipación de la nueva experiencia que van a tener los discípulos de Jesús.

Así, aparece en seguida la misericordia y la ternura de Dios. Pero de una forma curiosa: «Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto» (Lc 1,78). Puesto que el término hebreo que expresa la misericordia es el mismo que designa las entrañas maternas, nos encontramos aquí con una reduplicación, que tiene un valor aumentativo: se va a manifestar la más grande misericordia de Dios. Y esta manifestación privilegiada se compara con uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza, la salida del sol, que con su luz potente va disipando todas las tinieblas y renovando el dinamismo de la vida: «Para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte» (Lc 1,79). Se anuncia, pues, que Dios está a punto de revelar en toda su plenitud su esencia más intima. Pero, ¿estará la humanidad preparada para este encuentro?

Lucas nos presenta también a la perfecta Esposa de Dios: María aparece como la personificación del Israel creyente, que reconoce con emoción todo el amor que Dios ha desplegado a lo largo de la historia sagrada. Dice en el Magníficat: «Auxilia a Israel su siervo acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,54-55). En ella, Dios consigue definitivamente crearse una esposa fiel, que, con humildad, entrega toda su existencia al Amado: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Todo está preparado para que la historia de amor llegue a su plenitud.

2. «Éste es mi hijo»

A pesar de la larga preparación, hay que reconocer que la revelación suprema del amor divino constituyó una absoluta sorpresa que nadie se había atrevido a imaginar: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley» (Gál 4,4). Esta vez no se trata de una comparación: no se nos dice que Dios es como un padre. Lo que se afirma es que Dios tiene un Hijo verdadero, de su propia naturaleza; y que, por tanto, es Padre desde toda la eternidad. Y este Hijo de Dios se convirtió en hijo del hombre en las entrañas de María. Por eso fue ella la primera que se enteró de la tremenda novedad: «Vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32).

Llegó un día en que el secreto, tan sólo conocido por María y unas personas más, comenzó a manifestarse a todo Israel. Jesús se acercó para ser bautizado por Juan el Bautista, en un gesto de solidaridad con la humanidad pecadora. De repente, se abrieron los cielos, se derribó el muro que separaba a Dios y a la humanidad, el Espíritu se posó sobre Jesús y una voz celeste dijo: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Dios había tomado la palabra para proclamar la identidad de Jesús y para afirmar que, desde ese momento, su presencia salvadora actuaría a través del Hijo.

Desde el principio, Jesús tuvo plena conciencia de la relación única y exclusiva que tenía con Dios. A los doce años, ante la queja de sus padres por haberse separado de ellos, respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? (Lc 2,49). Manifestación privilegiada de esta conciencia fue el modo absolutamente original de dirigirse a Dios, a quien llamaba «Abbá». Esta palabra aramea, que los evangelios nos han transmitido en la lengua materna de Jesús, tiene una fuerte carga afectiva, «Padre querido», y trasluce la intimidad y profundidad insondable de la relación trinitaria entre el Padre y el Hijo. Relación que, como Jesús se encargará de explicar, tiene como tres características particulares: 1) Dependencia: cuando Jesús afirma «el Padre es mayor que yo» (Jn 14,28), está reconociendo que su origen está en el Padre, que él es Hijo, y, por eso, «no puede hacer nada por sí mismo si no lo viere hacer al Padre» (Jn 5,19); 2) Igualdad: comparte la misma naturaleza del Padre, lo que le hace relacionarse con él con total familiaridad: «El Padre y yo somos uno» (Jn 10,30); «Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío» (Jn 17,10); 3) Identificación: Jesús cumple siempre y totalmente la voluntad del Padre: «Yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5,30); «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,16).

Esta relación única con el Padre, Jesús la vivió como hombre, con actitudes y sentimientos humanos absolutamente perceptibles y comprensibles por nosotros. De ahí que, a través de la experiencia de Jesús, y sólo a través de ella, podemos nosotros conocer el verdadero rostro del Padre. Jesús es el único revelador del misterio del Padre y el camino que nos permite acceder a él. Cuando el apóstol Felipe le hizo aquella hermosa petición: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», Jesús le contestó: «Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,8-9). Seguramente, el apóstol no recordaba que Jesús, en un momento en que daba gracias al Padre por revelarse a los sencillos, había dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Y es que Jesús es el Hijo eterno que el Padre ha enviado al mundo para revelar su amor: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, el que está en el regazo del Padre mirándole cara a cara, él es quien lo dio a conocer» (Jn 1,18). De ahí que conocer al Hijo es conocer al Padre y creer en el Hijo es creer en el Padre (cf. Jn 12,44-45).

3. El rostro verdadero del Padre

Jesús nos ha revelado definitivamente el auténtico rostro de Dios; ¿cómo es ese rostro?

San Pablo lo resume en palabras densas y emocionadas: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo» (2 Cor 1,3). Amor paternal, ternura entrañable siempre dispuesta al perdón, alegría que disipa y supera todas las tristezas: este es el Dios que presenta Jesús con su vida, su predicación, su oración y, sobre todo, con su muerte y resurrección. Veamos cómo presenta a este Dios que, según él, es la Buena Noticia, la mejor noticia que podían oír los hombres.

a) En la vida de Jesús

Ya en su primera declaración mesiánica, Jesús se presenta como signo visible y eficaz del amor activo y liberador del Padre hacia los pobres, carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y los pecadores (cf. Lc 4,16-30). A partir de ese momento, toda la vida de Jesús consistirá en hacer presente el amor y la misericordia del Padre, que abraza a todo hombre, lo acoge en su fragilidad física o moral y le abre nuevas perspectivas de vida. Jesús vive con la gente «sintiendo compasión» por todos, sea cual fuere su necesidad (cf. Mc 1,41; 5,19; 6,34; 8,2). Sale al encuentro de los que buscan (cf. Mt 19,16) y de los que han perdido toda esperanza (cf. Jn 5,1-18). Sacrifica su descanso para atender a los demás (cf. Mc 6,30-34). Se esfuerza por rescatar a los que se consideran perdidos (cf. Jn 8,1-11). Es capaz de perder todo el tiempo que haga falta con quien necesita ser escuchado (cf. Jn 4,5-40). Verdaderamente, se comporta como padre y madre de todo hombre, de cualquier hombre.

b) En su predicación

Con sus palabras explica el motivo profundo de esta conducta: él había sido enviado para darnos a conocer el amor incondicional del Padre. Por eso, nadie ha hablado de Dios como Jesús. Nos presenta a un Padre bondadoso, siempre cercano (cf. Mt 6,6); que sigue con su mirada todas las pequeñas incidencias de nuestra vida (cf. Lc 12,6-7); que conoce todas nuestras necesidades (cf. Lc 12,22-32); que disfruta perdonándonos (cf. Lc 15,7) y tiene siempre su casa abierta para recibir con alegría al hijo que se ha alejado (cf. Lc 15,11-31). Parábolas como la del hijo pródigo o la del rey que invita a todos a las bodas de su hijo (cf. Lc 14,15-24), han cambiado definitivamente la imagen que nos hacíamos los hombres sobre Dios.

c) En su oración

Para ayudarnos a mejor entender al Padre, Jesús quiso desvelarnos el misterio de su oración, de su trato íntimo con él. Gracias a la oración de Jesús descubrimos que el Padre es una presencia continua, alguien que nos invita siempre a dialogar con él. Por eso Jesús rescata tiempos para la oración de madrugada (cf. Mc 1,15), al caer la tarde (cf. Mc 6,46), de noche (cf. Lc 6,12) o en el centro mismo de su actividad (cf. Mt 11,25-26).

Y esta presencia nos infunde, a la vez, respeto y confianza. De ahí que Jesús, por una parte, se acerque a Dios prosternándose o de rodillas (cf. Mc 14,35), reconociendo su inmensa y absoluta soberanía: «Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25): «todo es posible para ti» (Mc 14,36). Pero, por otra, se atreve a hablarle con una confianza familiar sorprendente: «Abbá, Padre» (Mc 14,36). Confianza que se atreve a pedir cualquier cosa: «Aparta de mí este cáliz» (Mc 14,36), y no duda en manifestar incluso la queja ante lo que no se entiende: «¿Por qué me has abandonado?» (Mc 16,34).

Pero lo que destaca sobre todo en la oración de Jesús es que el Padre es siempre fuente de alegría, motivo de fiesta. De ahí que Jesús comience casi siempre bendiciéndole, dándole gracias (cf. Mt 11,25; Mc 6,41; Jn 11,41-42). Esta alegría nace de la convicción de que el Padre es un bien supremo, aquel a quien puedo confiar toda mi existencia: «Que se cumpla lo que tú quieres» (Mc 14,36); «En tus manos pongo mi espíritu» (Lc 24,46).

Y una última lección de la oración de Jesús es que la experiencia del Padre no puede ser solitaria, necesita ser compartida, con otros. El Padre abre nuestro corazón para que oremos por los demás; sobre todo, por los que no tienen voz ante él porque no le han descubierto. Jesús es supremo testimonio de ello cuando, al final de su vida, pide perdón por los que le crucifican (cf. Lc 23,34), y cuando pide para sus discípulos: «Que donde yo esté, estén también conmigo» (Jn 17,24).

d) En su muerte y resurrección

Pero la revelación suprema del amor del Padre la realiza Jesús en su muerte, aceptada libremente por nosotros. Jesús ama hasta el extremo (cf. Jn 13,1) porque el Padre nos ama hasta el extremo de no perdonar a su propio Hijo para rescatarnos a nosotros. En la muerte de Jesús, el Padre nos ha dado todo lo que tenía; ¿qué más podía hacer? Por eso la muerte de Jesús se convierte en el manantial supremo de vida para el hombre, comenzando por la propia humanidad de Jesús, a quien el Padre resucita como primicia de toda la humanidad, que compartirá la misma suerte.

La locura de un Dios que muere para que el hombre viva, es el punto culminante de toda la historia sagrada. Aquí se descubre definitivamente la faz del Dios que ofreció su amistad a Abrahán, del Yahvé libertador que pactó una alianza de vida con su pueblo, del padre lleno de ternura y el esposo amante que inspiró a los profetas. Por fin ese Dios pronunció su última palabra; y esa palabra es «amor». Ahora ya sabemos de dónde hemos nacido, hacia dónde caminamos y cuál es el argumento fundamental de nuestra vida: nacimos del amor, caminamos hacia el amor y nuestro quehacer fundamental es crecer en el amor.

Oración (Carlos de Foucauld)

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal de que se cumpla
tu voluntad en mí,
y en todas las criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te encomiendo mi alma,
te la entrego con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

* * * * *

Sugerencias para la oración personal

Jesús nos enseñó que debíamos orar siempre, sin cansarnos nunca:

«Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Y la parábola que les contó era la de aquella viuda que pedía justicia a un juez corrupto que no le hacía caso. Pero, ante la insistencia de la viuda, por fin la atendió y le hizo justicia, para que le dejara tranquilo.

Dios quiere que le pidamos las cosas con insistencia, muchas veces. No porque esté sordo o le cueste atendernos, sino para ver si de verdad nos interesan las cosas que le pedimos y para probar nuestra fe.

¿Qué cosa realmente importante para ti o para otros le quieres pedir hoy? Pues se lo vas a pedir cinco veces a lo largo del día. Prográmate los momentos en que vas a hacerlo. Por ejemplo: al acabar de lavarte, al cerrar la puerta de casa, al poner en marcha el coche, al volver a casa, al acostarte. Según tu plan de vida, procura elegir los momentos más oportunos.

Al final, tendrás una sensación importante: casi todo el día habéis estado dialogando tú y el Padre. Y eso le gusta mucho a él, porque él te está mirando siempre, cuidándote, ayudándote; y quiere que tú te des cuenta. Disfruta hablando contigo.

«YO SOY EL QUE SOY»

1. La historia sagrada

El Dios verdadero se ha ido dando a conocer poco a poco a la humanidad a través de una historia. Ha elegido a unos hombres concretos, a quienes ha ido mostrando su rostro de modo misterioso pero real. Aprovechando las distintas circunstancias y experiencias de su vida, les ha iluminado para que descubrieran que no estaban solos; que Alguien invisible, porque está más allá de todo lo que podemos percibir con los sentidos, dirigía su vida, les protegía y les guiaba hacia una meta dichosa.

Estos hombres elegidos no fueron personalidades dispersas y desvinculadas entre sí. Pertenecían todos a un mismo pueblo, Israel, que, a través de siglos, fue acumulando y compartiendo todas estas experiencias de Dios, convirtiéndose así en el pueblo elegido para comunicar el conocimiento de Dios a todos los demás pueblos, en el «pueblo de Dios». Por eso la historia de Israel es «historia sagrada», es decir, historia del encuentro progresivo entre Dios y los hombres. Y esa historia sagrada es la que nos cuenta la primera parte de la Biblia, el Antiguo Testamento.

De ese pueblo y de esa historia nació Jesús, quien, a partir de todas las experiencias anteriores, llevó a la humanidad al conocimiento pleno y al encuentro decisivo con ese Dios que, muchos siglos antes, había comenzado a manifestarse a los primeros progenitores de Israel. Jesús es la culminación de la historia sagrada, el que la lleva a plenitud, como nos lo atestigua el Nuevo Testamento.

También nosotros hemos sido elegidos por Dios para conocerle y para ser sus amigos; más aún, para ser sus testigos ante otras personas. Por designio amoroso de Dios, nuestra vida está destinada a ser un encuentro creciente y progresivo con él, una historia sagrada. Y, para que la comprendamos y vivamos así, debemos dejarnos guiar por esa historia sagrada general que nos narra la Biblia. El camino hacia el Padre que ella nos cuenta es la luz que nos permitirá comprender nuestro propio camino. Así lo dice el salmista: «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi sendero» (Sal 119,105).

Recordemos, pues, los momentos más importantes y decisivos de la historia del pueblo de Dios.

2. El Dios de la elección y de la promesa

Un día, Dios, aún desconocido y sin nombre, se dirigió a una persona cualquiera, a un jeque nómada de Mesopotamia. «¿Por qué a mí?», preguntaría Abrám. No obtuvo respuesta; Dios eligió a quien le dio la gana para demostrar que era absolutamente libre para elegir a sus amigos. Pero sabemos que Dios le dio un mandato misterioso: «Sal de tu tierra y ponte en camino», es decir, no te conformes con lo que eres, busca, muévete. Y, para animarlo, añadió: «Yo te daré una tierra y una descendencia» (cf. Gén 12,1-3).

Al pobre nómada, que no tenía hijos y estaba cansado de ir de un lado para otro, sin hogar estable, se le ensanchó el corazón; y eso que aún no podía imaginar el alcance de la promesa. «¿Dónde está esa tierra?» Tampoco se le dijo. «Tú ponte en camino». Y aquel hombre se fió del Desconocido y emprendió una larga peregrinación por pueblos y naciones totalmente extrañas para él. Y es que, como se descubriría después, la aventura de este hombre iba a determinar el destino de todos los pueblos.

Pero no adelantemos acontecimientos. De momento, sólo sabemos que un Dios invisible y desconocido ha elegido a un hombre para ser su amigo, lo ha sacado de la rutina de sus pequeños problemas e intereses, y lo ha convertido en peregrino hacia nuevos horizontes. A partir de este primer encuentro, los dos cambiarán de nombre. El nómada se llamará «Abrahán», «padre de multitudes». Y Dios querrá ser conocido por su amigo: «El Dios de Abrahán» (cf. Gén 28,13-15).

La promesa comenzó a cumplirse: Abrahán tuvo un hijo, Isaac. Pero Dios quiso probar definitivamente la confianza de su amigo: «Toma a tu hijo único, al que amas, y ofrécemelo en sacrificio» (Gén 22,2). ¿Cómo se iba a cumplir entonces la promesa de la descendencia? Abrahán resolvió rápidamente la cuestión: «Dios proveerá» (Gén 22,8); y, como la primera vez, se dispuso a obedecer sin rechistar. Entonces Dios se emocionó. Tras impedir el sacrificio de Isaac, le dijo solemnemente a su amigo: «En pago de haberme obedecido, por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra» (Gén 22,18). Aquel beduino acababa de ganarse el título de «padre de los creyentes».

3. El Dios de la liberación y de la alianza

Pasaron unos cinco siglos. Los descendientes de Abrahán se habían instalado en Egipto y allí se habían convertido en un pueblo numeroso (cf. Ex 1,1-7). A un faraón se le ocurrió esclavizarlos brutalmente, amargándoles la vida con trabajos forzados (cf. Ex 1,7-14). Pero el Dios de Abrahán no quiso tolerar que los descendientes de su amigo vivieran como esclavos. Un día, en el monte Sinaí, se apareció en medio de una zarza ardiendo a un israelita llamado Moisés, que, por extraño designio, se había educado en la corte del faraón: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. He visto la aflicción de mi pueblo, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa» (Ex 3,6-8). Y le envió a transmitir la buena noticia a sus hermanos y a comunicarles que debían exigir su libertad al faraón. Entonces Moisés planteó a Dios esta pregunta: «Si voy a los israelitas y les digo "El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros", y ellos me preguntan: "¿Cuál es su nombre?", ¿qué les responderé?» Dios le dijo: «Yo soy el que soy (Yahvé)» (Ex 3,13-14). En esta escena culminante, Dios reveló por primera vez su nombre propio; un nombre misterioso que viene a significar: Yo soy el único existente, el que está más allá de todo pero actúa en la historia humana para conducirla a su fin.

Después de esta sublime revelación, Dios envió a Moisés al faraón con esta orden terminante: «Israel es mi primogénito, y yo te ordeno que dejes salir a mi hijo para que me sirva; si te niegas a soltarlo, yo daré muerte a tu primogénito» (Ex 4,21-23). A Dios se le escapó por primera vez la palabra «mi hijo», aunque no el único, ya que habla de «primogénito». Se explica la ira de Dios al ver a su hijo convertido en esclavo. El faraón se puso terco y Dios no dudó en cumplir la amenaza. Con brazo potente humilló al faraón hasta conseguir que liberase al pueblo de Israel, que, en esta circunstancia, aprendió algo nuevo sobre su Dios: es como un padre que no quita los ojos de su hijo; lo defiende en los peligros y emplea todo su poder para liberarlo de sus esclavitudes.

Israel, ya libre, reemprendió la peregrinación de Abrahán para alcanzar la promesa. Pero Dios pensó que había llegado el momento de dar un paso más en su relación con los israelitas. Hasta ese momento los había tratado casi como a niños: ¡todo lo había hecho él! Ahora eran ya libres, capaces de asumir responsabilidades, y había que tratarlos como a tales. En el marco solemne del Sinaí, les propuso una alianza, como un pacto entre iguales: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; yo os defenderé y vosotros me obedeceréis» (cf. Ex 19,3-8). El pueblo aceptó entusiasmado la nueva relación y el pacto se selló con sangre, para significar la profundidad e importancia de la unión (cf. Ex 24,3-8). En este marco surgió el Decálogo, los Diez Mandamientos, que no son un código frío, sino el compromiso amoroso de Israel con su Dios.

La relación privilegiada de Moisés con Dios, conoció aún otro momento cumbre, otro encuentro solemne en el Sinaí: «Moisés invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él exclamando: "Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes". Al instante, Moisés se inclinó a tierra y se postró» (Ex 34,5-8). Si en el primer encuentro Dios había revelado con toda fuerza su trascendencia, majestad y poder, ahora tiene interés en manifestar otros atributos bien distintos, que, desde este momento, se repetirán constantemente en la Biblia: 1) Amor, es decir, predisposición amistosa, absolutamente gratuita y desbordante, que se plasma en actos de generosidad y liberación, y que es capaz de perdonar cualquier traición; 2) Fidelidad, es decir, permanencia, estabilidad, que resalta el carácter definitivo e irrevocable del amor; 3) Misericordia, que significa querencia desde las entrañas (la palabra hebrea es la misma que designa las entrañas maternas), y que implica ternura, compasión ante un ser indefenso y débil, capacidad infinita de perdón. De este modo, la revelación del rostro de Dios llega aquí a un punto culminante: la majestad infinita de Dios se manifiesta como cercanía y ternura máximas. Es lo que expresa con toda exactitud una bella oración de la liturgia cristiana: «Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia». Se ha dado un paso de gigante hacia la gran y definitiva revelación.

4. El Dios del amor

A partir de Moisés, la historia de Israel fue una historia apasionante de amor; de un amor solícito y fiel por parte de Dios, y de un amor intermitente, tornadizo y siempre amenazado por parte de los hombres. Pero la debilidad humana puso de relieve en toda su grandeza la incondicionalidad del amor divino, siempre dispuesto a perdonar y a dar una nueva oportunidad. Además, esta debilidad humana sirvió como elemento de maduración: a través de experiencias luminosas y de fracasos escandalosos, Israel fue aprendiendo a amar a su Dios.

Fueron sobre todo los profetas, auténticos portavoces de Dios y conciencia del pueblo, los encargados de interpretar y hacer vivir la historia como un encuentro siempre renovado y creciente con el amor divino. Y, para expresar la riqueza insondable de este amor, echaron mano de las mejores experiencias del amor humano, que se convirtieron así en imagen del gran Amor del que procede el hombre.

La primera experiencia que utilizaron para referirse a Dios fue la paternidad-maternidad. Ella les sirvió, ante todo, para resaltar la ternura de Dios, el amor desde las entrañas. Dice un salmo: «Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles» (Sal 103,10). Y Oseas pone en boca de Dios esta descripción emocionante: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Con cuerdas de ternura, con lazos de amor los atraía; fui para ellos como quien alza un niño hasta las mejillas y se inclina hasta él para darle de comer» (Os 11,1-4).

Claro que, para hablar de ternura, es mejor imagen la de la madre, que es la que emplea Dios en este texto magistral de Isaías: «¿Acaso olvida una mujer a su hijo, y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Is 49,15).

El amor paternal de Yahvé hacia su pueblo se manifiesta también en la exigencia y la corrección. Dios, como buen padre, quiere educar a sus hijos. Y, para ello, les hace pasar por pruebas que les capaciten para tomar decisiones y superar dificultades: «Hijo mío, cuando te acerques a servir a Yahvé, prepárate para la prueba, manten el corazón firme, sé valiente, no te asustes cuando te sobrevenga la desgracia. Confía en Yahvé, que él te ayudará» (Eclo 2,1-6). Y, además, Dios no se deja vencer por los caprichos de sus hijos, sino que los corrije, hasta con dureza; aunque nunca para afirmar o defender su honor y autoridad, sino para procurar el bien de ellos. De ahí que la última palabra sea siempre el perdón: «He oído a Efraín lamentarse: "Me has corregido y he escarmentado. Hazme volver y volveré, pues tú, Yahvé, eres mi Dios". ¡Pero si es mi hijo querido, mi encanto! Cada vez que le reprendo, me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión» (Jer 31,18-20).

Junto al lenguaje paterno-filial, la literatura profética privilegia otra imagen: la del amor esponsal. En realidad, esta imagen subyace en todo el tema de la alianza, ya que la fórmula de la alianza con Dios, «Yo soy tu Dios y tú eres mi pueblo», está calcada de la fórmula hebrea del matrimonio: «Tú eres mío y yo soy tuya». No es extraño, pues, que los profetas nos hayan dejado páginas bellísimas sobre Dios como esposo amante e Israel como esposa o novia: «Como un joven se casa con una doncella, así se casará contigo el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo» (Is 62,5). Se explica desde aquí la inclusión en la Biblia de ese apasionado poema de amor esponsal que es el Cantar de los Cantares.

Pero este matrimonio va a conocer la tragedia. El Esposo ha dado vida a la Esposa, rescatándola de la muerte, la ha hecho bellísima, la ha vestido como a una reina; y ella, en vez de responder con amor agradecido, ¡se ha prostituido! Es el drama que nos narra de forma inigualable el profeta Ezequiel (cf. Ez 16). ¿Será este el final de la historia: un matrimonio fracasado por la infidelidad de la esposa?

La intuición inspirada de los profetas apunta hacia otro final bien distinto: «¿Hasta cuándo estarás indecisa, muchacha esquiva? Mira, Yahvé crea una novedad en la tierra: la Mujer vuelve a abrazar al Varón» (Jer 31,22). Ésta es la gran expectativa con la que se cierra el Antiguo Testamento.

La religión de Israel ha ido descubriendo poco a poco la idea más elevada de Dios que se encuentra en toda la historia de las religiones. Un Dios trascendente, inimaginable e inmanejable, que comienza fijándose en el hombre e inquietándole, haciéndole crecer y ofreciéndole su amistad, como le sucedió a Abrahán; un Dios que trabaja por el hombre y quiere librarlo de toda esclavitud para poder establecer con él un pacto de libertad; un Dios que nos atemoriza con su grandeza para acabar conmoviéndonos con su ternura, tal como hizo con Moisés; un Dios que acaba revelándose como nuestro gran amor, como el único amor seguro con el que podemos contar, como enseñan los profetas. ¿No será éste el proceso que nos tocará revivir a cada uno de nosotros?

Y, sin embargo, aún no se ha dicho la última palabra, aún no se ha producido el último y definitivo encuentro.

Oración (Lc 1,68-79)

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza,
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombras de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

* * * * *

Sugerencias para la oración personal

Es muy posible que tengas la sensación de que no sabes orar. No te preocupes: a Dios le gusta que reconozcamos esta ignorancia. Porque la oración es un don. Escucha:

«Le dijo uno de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos". Él les dijo: "Cuando oréis, decid: Padre..."» (Lc 11,1-2)

A Jesús le gustó que sus discípulos le pidieran que les enseñara a orar. Comienza haciendo tú lo mismo: con palabras sencillas, las tuyas, confiésale tu ignorancia y pídele de verdad que te enseñe.

Después, haz caso a Jesús. Di: «Padre». Atrévete a confiar en Dios: es el que más te quiere. Siente su presencia cariñosa; él te conoce perfectamente, porque te ha hecho y te quiere como eres. Le puedes decir: «Me abandono en tus brazos». Y le cuentas lo que te preocupa, lo que te hace sufrir... Hasta le puedes decir: «Ten misericordia de mí, que soy casi un ateo».

108 GLORIAS DE KWAN YIN

1. SALVE KWAN SHIH YIN PU`SA
2. SALVE KWAN SHIH YIN REFUGIO DE LOS SERES SINTIENTES
3. SALVE KWAN SHIH YIN JOYA QUE COLMA LOS DESEOS
4. SALVE KWAN SHIH YIN ALEGRIA DE LAS QUE QUIEREN SER MADRES
5. SALVE KWAN SHIH YIN REDENTORA DE NUESTRO KARMA
6. SALVE KWAN SHIH YIN QUIEN NOS LIBERA DE LA DESGRACIA
7. SALVE KWAN SHIH YIN FUENTE DE SALUD
8. SALVE KWAN SHIH YIN LA AMADA
9. SALVE KWAN SHIH YIN LA MISERICORDIOSA
10. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE AUMENTA EL AMOR
11. SALVE KWAN SHIH YIN QUIEN ES BENDICION ETERNA
12. SALVE KWAN SHIH YIN QUIEN QUITA EL TEMOR Y LA ANGUSTIA
13. SALVE KWAN SHIH YIN QUIEN RECIBE A TODOS LOS QUE BUSCAN SU REFUGIO
14. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE CUIDA DE SUS DEVOTOS
15. SALVE KWAN SHIH YIN FUENTE DE AMOR
16. SALVE KWAN SHIH YIN LLENA DE ATRIBUTOS AUSPICIOSOS
17. SALVE KWAN SHIH YIN PARA QUIEN NADA ES IMPOSIBLE
18. SALVE KWAN SHIH YIN LA BELLEZA PERSONIFICADA
19. SALVE KWAN SHIH YIN LA DE HERMOSOS OJOS
20. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE ES FACIL DE ENCONTRAR
21. SALVE KWAN SHIH YIN AYUDA DE LOS ABANDONADOS
22. SALVE KWAN SHIH YIN CUYO NOMBRE PURIFICA AL SER OIDO
23. SALVE KWAN SHIH YIN PUREZA INMACULADA
24. SALVE KWAN SHIH YIN CUYOS VOTOS SON LIBERACION PARA SUS DEVOTOS
25. SALVE KWAN SHIH YIN POSEEDORA DE LA GLORIA DIVINA
26. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE AMA A SUS DEVOTOS
27. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE DESTRUYE LAS PENAS DE LOS QUE BUSCAN SU AYUDA
28. SALVE KWAN SHIH YIN QUE NOS LIBERA DE LA RUEDA DEL SAMSARA
29. SALVE KWAN SHIH YIN CUYO ROSTRO MIRA HACIA TODAS PARTES
30. SALVE KWAN SHIH YIN DIGNA DE TODA VENERACION
31. SALVE KWAN SHIH YIN ENCARNACION DE LA VERDAD
32. SALVE KWAN SHIH YIN PERSONIFICACION DE LA VIRTUD ETERNA
33. SALVE KWAN SHIH YIN SEÑORA DE LA PAZ
34. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES MAJESTAD Y GLORIA
35. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES NUESTRA MADRE PROTECTORA
36. SALVE KWAN SHIH YIN QUE CARECE DE DEFECTOS
37. SALVE KWAN SHIH YIN LLENA DE PODERES MILAGROSOS
38. SALVE KWAN SHIH YIN QUE VISTE ROPAJES DE GLORIA
39. SALVE KWAN SHIH YIN ALEGRÍA EN EL CORAZÓN DE LOS DEVOTOS
40. SALVE KWAN SHIH YIN ENCARNACION DE LA PUREZA
41. SALVE KWAN SHIH YIN CUYA GLORIA TRASCIENTE TODOS LOS MUNDOS
42. SALVE KWAN SHIH YIN QUE BRILLA EN LA MENTE DE SUS DEVOTOS
43. SALVE KWAN SHIH YIN QUE MORA EN EL CORAZON DE SUS FIELES
44. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES FACIL DE COMPLACER
45. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ESTA MAS ALLA DE TODAS LAS RELIGIONES
46. SALVE KWAN SHIH YIN FRUCTIFICADORA DE LA TIERRA
47. SALVE KWAN SHIH YIN REFUGIO DE LOS QUE DEPENDEN DE LOS ELEMENTOS
48. SALVE KWAN SHIH YIN REINA DE LOS MARES DEL SUR
49. SALVE KWAN SHIH YIN LA DE 33 ASPECTOS
50. SALVE KWAN SHIH YIN QUE RESIDE EN LAS TIERRAS DE AMITABHA
51. SALVE KWAN SHIH YIN QUE HABITA EN PU TUO SHAN
52. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ROCIA EL AGUA BENDITA SOBRE EL MUNDO
53. SALVE KWAN SHIH YIN QUE PRODUCE COSECHAS ABUNDANTES
54. SALVE KWAN SHIH YIN PARA QUIEN SURGEN FUENTES DE AGUA PURA
55. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE DIO SUS OJOS Y SUS BRAZOSW
56. SALVE KWAN SHIH YIN A QUIEN LOS SERES CELESTIALES ELEVAN AL CIELO
57. SALVE KWAN SHIH YIN SOLITARIA MORADORA DE LA PAGODA DE LA COLINA
58. SALVE KWAN SHIH YIN QUE SURGE EN MEDIO DE LA FLOR DE LOTO
59. SALVE KWAN SHIH YIN QUE POSEE LA PERLA QUE PROVEE TODOS LOS DONES.
60. SALVE KWAN SHIH YIN LA DEL ROSTRO DULCE
61. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES PUERTO SEGURO
62. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE ES PUERTA ANCHA
63. SALVE KWAN SHIH YIN CORONADA DE LUZ
64. SALVE KWAN SHIH YIN QUE A ASCENDIDO ENTRE LOS MAESTROS
65. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES LLEVADA POR DRAGONES.
66. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES FIRME EN SUS VOTOS
67. SALVE KWAN SHIH YIN SOPORTE DE LOS CAIDOS
68. SALVE KWAN SHIH YIN MADRE DE LOS 10.000 NOMBRES
69. SALVE KWAN SHIH YIN DIGNA DE TODA ADORACION
70. SALVE KWAN SHIH YIN BENEFACTORA DE LOS QUE LE IMPLORAN
71. SALVE KWAN SHIH YIN SEÑORA CELESTIAL
72. SALVE KWAN SHIH YIN QUE AMAMANTÓ LOS CAMPOS DE ARROZ
73. SALVE KWAN SHIH YIN QUE COLOCÓ LA ROCA PARA PROTEGER A SUS FIELES
74. SALVE KWAN SHIH YIN LUZ SEGURA DE LOS EXTRAVIADOS
75. SALVE KWAN SHIH YIN DADORA DE VIDA A LOS VIENTRES ESTERILES
76. SALVE KWAN SHIH YIN CAPITANA DEL BARCO DE LA SALVACION
77. SALVE KWAN SHIH YIN PLENA COMO LA LUNA LLENA
78. SALVE KWAN SHIH YIN CAMINO VENTUROSO Y FELIZ
79. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES FRUCTIFICACION Y SOSTEN EN LA TIERRA
80. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES LIMPIEZA Y SALUD EN EL AGUA
81. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES ENERGIA Y LUZ EN EL FUEGO
82. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES AROMA Y FRESCURA EN EL AIRE
83. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE SIEMPRE ESTA DESPIERTA
84. SALVE KWAN SHIH YIN MADRE EN TODAS LAS MADRES
85. SALVE KWAN SHIH YIN DIOSA DEL TAO
86. SALVE KWAN SHIH YIN BODHISATTVA
87. SALVE KWAN SHIH YIN DIOSA VENIDA DE ORIENTE
88. SALVE KWAN SHIH YIN CONCIENCIA DE COMPASION
89. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES MISERICORDIA INAGOTABLE
90. SALVE KWAN SHIH YIN CUYO PODER ROMPE NUESTRAS CADENAS
91. SALVE KWAN SHIH YIN QUE BENDICE LA RENUNCIA VOLUNTARIA
92. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES LAZO DE AMOR ENTRE LOS AMANTES
93. SALVE KWAN SHIH YIN VERDAD MISTICA
94. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES LA ESENCIA DE LA HERMOSURA
95. SALVE KWAN SHIH YIN QUE VINO A OCCIDENTE CON SUS FIELES EMIGRANTES
96. SALVE KWAN SHIH YIN CUYO AMOR NUNCA FALLA
97. SALVE KWAN SHIH YIN DICHA TRASCENDENTAL
98. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ES EL ORNAMENTO DEL ALMA PURA
99. SALVE KWAN SHIH YIN LA QUE TRANSFORMA EL LLANTO EN RISA
100. SALVE KWAN SHIH YIN QUE CAMBIA LOS GEMIDOS POR MUSICA
101. SALVE KWAN SHIH YIN QUE PONE PAZ EN EL DESESPERO
102. SALVE KWAN SHIH YIN QUE RESPLANDECE EN LA OSCURIDAD
103. SALVE KWAN SHIH YIN QUE RECUPERA LO PERDIDO
104. SALVE KWAN SHIH YIN QUE CURA AL DESAHUCIADO
105. SALVE KWAN SHIH YIN SEÑORA DE LA LLAMA VIOLETA
106. SALVE KWAN SHIH YIN QUE ERES MI AMADA DIOSA
107. SALVE KWAN SHIH YIN A CUYOS PIES DE LOTO ME POSTRO
108. SALVE KWAN SHIH YIN PUS'A LA QUE OYE EL LLANTO DEL MUNDO.
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Esta hermosa y poderosa Invocación, fue revelada al mundo por Devadip. Quienes recitan con fé y devoción las "Glorias de Kwan Yin" recibirán gracias y bendiciones muy especiales. Nada es imposible para Kwan Yin

Guanyin (觀音, pinyin guānyīn, Wade-Giles: kuan-yin) es la bodhisattva de la compasión y es venerada por los budistas de Asia del Este. También se la conoce como la Bodhisattva China de la Compasión. El nombre Guanyin es una abreviatura de Guanshi'yin (觀世音, pinyin: guānshì yīn, Wade-Giles: kuan-shih yin) que significa "la que oye el llanto del mundo".

Kwan Yin es fruto del sincretismo. Es comúnmente aceptado que la figura de Guanyin es la homóloga femenina de Avalokiteśvara (अवलोकितेश्वर). En occidente suele ser conocida como la "Diosa" de la misericordia, su cualidad más destacada. En la mitología taoísta, donde se dan otras historias sobre su origen que no están directamente relacionadas Avalokiteśvara, es conocida como Ci Hang Zhen Ren y es reverenciada y considerada inmortal.

El primer monje budista que se refirió en femenino a Kwan Yin fue Kumarajiva, al traducir al chino el Sutra del Loto en el 406 d. C. En su traducción, siete de las treinta y tres apariciones del Bodhisattva son de género femenino. Con la introducción del Budismo Tántrico o Vajrayana en China durante la dinastía Tang, siglo VIII, fue creciendo en popularidad la representación de Avalokiteśvara como una hermosa figura femenina vestida de blanco.

Guan Yin ha hecho voto de no entrar en los reinos celestiales hasta que todos los seres vivientes hayan completado su proceso de iluminación y se liberen del ciclo de nacimiento, muerte y reencarnación (samsara).

En la devoción popular, Kuan Yin rescata a quienes acudan a ella en momentos de dificultad, sobre todo ante los peligros producidos por el agua, el fuego o las armas. La Bodhisattva comprende los sentimientos de temor y responde a las peticiones de ayuda con su Compasión. Como Madre Misericordiosa, oye las peticiones de quienes desean tener hijos. La técnica de curación energética llamada Sanación magnificada es atribuida por sus seguidores a la inspiración de Guan Yin. Así mismo el Movimiento Mahakaruna (La Gran Compasión), ha dado a conocer las 108 Glorias de Kwan Yin", promulgadas por S.G. Devadip Baghwan Singh , como una eficaz oración transformadora.

La figura de Kwan Yin mantiene gran semejanza con otras Madres protectoras como la Virgen María en el Cristianismo, Isis en el antiguo Egipto, Tārā en el Budismo Tibetano y Śakti, Párvati, Sītā o Radha en el Hinduismo.

En Oriente son numerosos los templos y estatuas dedicados a esta Bodhisattva.

jueves, 25 de septiembre de 2008

que es el reiki

El Reiki es un sistema de curación energético que utiliza la imposición de manos para transmitir Energia Universal curativa. El Reiki actúa armonizando todos los aspectos de nuestro Ser, el nivel físico, el mental y el espiritual. Trabaja deshaciendo la inarmonía donde la encuentra y devolviéndonos la salud y el bienestar en todos los sentidos. También inicia o acelera los procesos de curación y armoniza las disfuncionalidades que podamos tener. A parte de su faceta terapeutica, Reiki también es una potente una herramienta de crecimiento personal y de evolución. Ya que nos ayuda a mejorar como personas, a estar más felices y a encontrar la Paz Interior. Reiki no es un sistema de creencias o religión, tan solo es un método de curación.

El término Reiki proviene del Kanji Japonés, y consta de dos ideas: Rei que significa Energia Universal i Ki que significa Energia Vital. La Energía Universal es la energía que constituye todo el universo, la energía que nos rodea y nos nutre de vida, impregnando cada ser y cada cosa que existe en el Universo. La Energía Vital (llamada Chi en la China, Prana en la India o Ki en Japón, etc.) es la propia Energía Universal transformada a nuestra propia vibración. Es decir, nosotros absorvemos Energía Universal a través de nuestros centros energéticos (Chakras) y la transformamos en nuestra propia Energía Vital. Por tanto, la Energía Vital es nuestra propia energía, que circula por nuestro sistema energético, convirtiéndose en el combustible que nos mueve. Así pues, Reiki significa Energia Universal Vital dirigida intencionadamente.
La Energía Universal posee inteligencia propia, al fin y al cabo, es la energía que mueve todo el Universo, y cuando es canalizada a través de nuestras manos, sabe dónde dirigirse y cómo actuar. Otra particularidad que tiene, es que no sólo actúa sobre el problema, sino que también llega hasta la causa de éste. Todas estas cualidades de la Energía Universal hacen que la práctica de Reiki sea muy sencilla. Ya que el practicante de Reiki sólo tiene que poner las manos y dejar que la energía haga su trabajo. No hace falta tener ningún diagnóstico ni saber que es lo que está haciendo la energía exactamente, sólo nos hace falta entregarnos con amor a esa persona y dejarnos ir.
Para que una persona que no haya hecho nunca Reiki pueda acceder a este sistema curativo y de crecimiento personal es necesario que sea iniciado en Reiki. Una vez hemos recibido la iniciacion nos convertimos en un canal de la Energía Universal. Esto significa que cuando pongamos las manos a otra persona con la intención de hacerle Reiki, la Energía Universal fluirá a través de nosotros hacia esa persona, sin que tengamos que hacer nada más. Por tanto, no seremos nosotros los que curaremos a nadie, sino la Energía Universal que pasará a través nuestro. Con la iniciación nos convertimos en una especie de manguera, que sirve para poner en contacto a la persona que lo necesite con la Energía Universal. Pero nosotros recibimos un premio por ser canales, ya que, como la energía pasa a través nuestro, nosotros también nos beneficiamos de sus propiedades y su vibración. Normalmente al terminar una sesión de Reiki nos encontremos descansados, llenos de energía y con una agradable sensación de paz.
Aunque la canalización de Energía Universal se viene haciendo desde hace milenios, el sistema Reiki se inició a principios del siglo XX en Japón. El desarrollador de esta técnica fue un monje japonés llamado Mikao Usui. Posteriormente esta técnica llegó a Hawaii y de allí se extendió al resto del mundo occidental.
Actualmente la Organización Mundial de la Salud reconoce Reiki como una Medicina Alternativa. Aunque no hay que considerar Reiki como un substitutivo de la medicina convencional. Reiki es una terapia que combina muy bien con la medicina halopatica y con otras terapias alternativas como: Flores de Bach, Gemoterapia, Fitoterapia, Reflexología Podal, Shiatsu, Masajes de todo tipo, Meditación, Tai Chi, Chi Kung, Yoga, etc. Si practicas alguna de estas terapias verás como aumentan los resultados de manera positiva al combinarlos con Reiki.
¿Qué nos ofrece Reiki?
Reiki tiene muchísimas virtudes y aplicaciones. Puede aplicarse para hacer terapias, como herramienta de crecimiento personal, cargar de energía positiva objetos y lugares, etc. A nivel terapeutico, Reiki puede tratar de todo, pero está especialmente indicado para tratar todo tipo de problemas emocionales, en especial los que más aquejan nuestra sociedad actual: el estrés y la depressión. Esta es una pequeña lista con los efectos más destacados del Reiki:
• Nutre de energía vital rápida y saludablemente a todo el organismo.
• Reiki no actúa solamente en el problema, sino que también se dirige a la causa de éste.
• Fortalece el sistema inmunológico.
• Purifica y elimina las toxinas del cuerpo.
• Reiki permite una rápida relajación y reducción del estrés.
• Nos incrementa la consciencia intuitiva.
• Reiki produce un florecimiento de la creatividad.
• Acelera el crecimiento espiritual.
• Reactiva los centros energéticos, desbloquea los Meridianos y limpia el Aura.
• Armoniza el cuerpo, la mente, las emociones y el espíritu.
• Enriquece el tratamiento médico y disminuye sus efectos secundarios.

La Iniciación de Reiki

Algunas personas definen el acto de la iniciación de Reiki como un milagro. Ya que una persona que aparentemente no tiene ninguna facultad para curar, se convierte en una persona capaz de aliviar grandes males a sí misma y a los demás. Yo lo veo más como un recordatorio, nos recuerda lo que en el fondo ya sabemos, y hemos sabido siempre, pero que hemos olvidado con el paso del tiempo y las generaciones. Cuando un maestro de Reiki hace una iniciación a un alumno, no le está dando ni añadiendo nada que no tenga ya. Simplemente le está despertando una facultad o un don que tenía dormido, le está reactivando unos centros energéticos sutiles y sus circuitos energéticos, deshaciendo bloqueos y restaurando la armonía a nivel físico, mental y espiritual. Pero, sobretodo, el maestro reconecta al alumno a la Fuente del Amor Universal. Este proceso se conoce por varios nombres, tres de ellos son: “Iniciación”, “Pase de Alineamientos” y “ Sintonización”.
Así pues, definiremos iniciación como técnica que utiliza la Energía Universal para capacitar a una persona como canal de dicha energía. Esta técnica suele durar unos minutos, e inmediatamente después el alumno ya puede practicar Reiki. El sistema Reiki de canalización de Energía Universal, que no es el único, se caracteriza por su sencillez, es fácil aprenderlo, es fácil practicarlo y es fácil transmitirlo. La iniciación es un acto sencillo, humilde, sincero, lleno de fe y de amor. Con el Reiki nos acercamos un poquito más a Dios y nos damos cuenta que nunca hemos estado lejos.
La iniciación del primer nivel de Reiki actúa principalmente sobre los Chakras superiores y el Chakra del corazón, reactivándolos y armonizándolos. Cuando hacemos Reiki, la energía nos entra por el Chakra Corona, nos baja por el Tercer Ojo y la Garganta hasta el Chakra del Corazón, una vez allí la energía se distribuye por los brazos y termina saliendo por los Chakras menores de las manos. La iniciación de Reiki Uno nos produce los siguientes efectos:
• Armoniza y abre el Chakra del Corazón elevando su frecuencia de vibración y aproximándolo a la frecuencia altísima del Amor Universal o Incondicional.
• Armoniza el Chakra de la Garganta, que es un centro de comunicación, y envía un mensaje a nuestro Yo Superior haciéndole saber que ha empezado una nueva etapa.
• Actúa sobre el Chakra del Tercer Ojo despertándolo o aumentando la facultades extrasensoriales que tenemos.
• Armoniza el Chakra Corona, que es el Chakra por donde entra al Energía Universal, para que pueda entrar y fluir correctamente.
• Finalmente, reactiva los dos Chakras menores que tenemos en las palmas de las manos y que es por donde termina saliendo la energía.
En cada nivel de Reiki, el alumno recibe una iniciación distinta. Cada iniciación es más potente y hace subir más y más el nivel de vibración del alumno. Una vez que hemos recibido la iniciación del Primer nivel de Reiki, quedamos iniciados de por vida y nos convertimos automáticamente en Terapeutas Reiki. Pero no todo es tan fácil como parece, el Reiki hay que trabajarlo. Hay que practicar, meditar y asimilar toda la información. Cuanto más practicamos, más energía canalizamos, más sensibilidad tenemos y mejor nos sentimos. A mí me gusta ver la iniciación y los cursos como una semilla. Y es nuestro trabajo cuidar esta semilla, alimentarla y procurarle luz, para que un día crezca y termine por convertirse en algo hermoso.
¿Qué pasa después de recibir una iniciación?

Después de recibir una iniciación empezamos lo que comúnmente se conoce con el nombre de “período de depuración”. En este período, que puede durar entre una semana y varios meses, nuestro ser experimenta algunos cambios a distintos niveles. Normalmente, en Reiki I la depuración afecta más al nivel físico. Esta se puede manifestar de distintas maneras como: un exceso de mocos (parecido al de un resfriado), granos, llagas, diarreas, etc. Si te encuentras en alguno de estos casos, tienes que comprender que tu cuerpo esta liberando toxinas y que en poco tiempo habrá terminado el proceso y desaparecerán estas pequeñas molestias. Y como premio tu estarás más limpio y con mejor salud.
En Reiki II, se produce una depuración más emocional y en Reiki III y la Maestría se produce una depuración más espiritual. No obstante, hay veces que ya en Reiki I se pueden empezar a producir alguno de estos procesos. Si encuentras en medio de una montaña rusa emocional, con días en que te sentirás muy bien, con mucha alegría y con días en que todo lo verás negro y experimentarás un poco de desánimo o depresión, no te preocupes demasiado, todo esto forma parte de la depuración y en algún momento terminará. Porque si en este mundo hay algo cierto: “todo lo que empieza acaba”. Así que deja que el proceso sea y haga su trabajo, verás que cuando todo termine habrá valido mucho la pena y te sentirás mucho mejor anímica y emocionalmente.
Estos días en los que se produzca la depuración, que tradicionalmente se dice que son 21 días, deberías intentar ayudar a tu cuerpo a hacer limpieza. Por ejemplo, puedes hacer una dieta ovo-lacto-vegetariana, beber mucho agua, etc. Intenta escuchar que es lo que te pide el cuerpo y que es lo que rechaza. Si comes o bebes algo que te sienta mal, no vuelvas a tomarlo. Hay personas que durante este período no han podido ni oler determinados alimentos que habían comido toda la vida. Así pues, escucha a tu cuerpo y su sabiduría. A nivel mental-emocional, intenta tener pensamientos positivos, sobretodo los días en que la curva emocional esté por debajo.
Cada persona es un mundo y siente la iniciación y sus efectos de depuración de un modo distinto. Así que no esperes que te pasen exactamente las cosas que digo aquí. Experimentes lo que experimentes irá en relación con tu nivel evolutivo actual y eso estará bien.
Niveles de Reiki
La enseñanza de Reiki se ha dividido en diferentes niveles desde sus comienzos. El Maestro Usui dividió el sistema en tres niveles o cursos, los llamó: Shoden, Okuden y Shinpiden, que significan primer, segundo y tercer grado. Algunas escuelas de Reiki actuales todavía siguen enseñando el sistema en tres niveles. El maestro Hayashi creó su propio estilo de Reiki y lo enseñaba en 6 niveles. Aunque lo más habitual que nos podemos encontrar hoy en día es la enseñanza en 4 cursos, que vendrían a ser: Nivel I, Nivel II, Nivel III y Maestría.

habrás podido darte cuenta que actualmente existen numerosos sistemas y modos de ver y enseñar Reiki. En esta sección explicaré la relación niveles-enseñanzas de los dos principales sistemas de Reiki en la actualidad: el Reiki Tradicional Japonés y el Reiki Usui Tibetano (Reiki Occidental).


Niveles de Reiki
La enseñanza de Reiki se ha dividido en diferentes niveles desde sus comienzos. El Maestro Usui dividió el sistema en tres niveles o cursos, los llamó: Shoden, Okuden y Shinpiden, que significan primer, segundo y tercer grado. Algunas escuelas de Reiki actuales todavía siguen enseñando el sistema en tres niveles. El maestro Hayashi creó su propio estilo de Reiki y lo enseñaba en 6 niveles. Aunque lo más habitual que nos podemos encontrar hoy en día es la enseñanza en 4 cursos, que vendrían a ser: Nivel I, Nivel II, Nivel III y Maestría.

habrás podido darte cuenta que actualmente existen numerosos sistemas y modos de ver y enseñar Reiki. En esta sección explicaré la relación niveles-enseñanzas de los dos principales sistemas de Reiki en la actualidad: el Reiki Tradicional Japonés y el Reiki Usui Tibetano (Reiki Occidental).
En el sistema Reiki Usui Tibetano aprendemos los cimientos de la canalización de energía a través de las manos, el uso de símbolos, meditaciones y un trabajo básico con la energía. Por lo general no aprendemos símbolos hasta el segundo nivel, aunque esto puede variar según el maestro. El Reiki Usui Tibetano se divide en los siguientes niveles o cursos:
• Nivel I. Este nivel es una introducción al sistema Reiki, pero ya de por sí es muy completo e independiente. En este sistema se aprenden los conceptos básicos sobre Reiki: Qué es, para qué sirve, su historia, los principios del Reiki, Charkas, etc. A nivel práctico, el alumno recibe una iniciación de Reiki que lo alinea con la Energía Universal y le despierta la capacidad de canalizar dicha energía. Después de realizar este nivel uno ya puede practicar Reiki a otras personas sin ningún problema. El curso suele incluir prácticas de Reiki entre los asistentes, donde los alumnos practican Reiki unos con otros y en grupo. El primer nivel está indicado para todo el mundo.
• Nivel II. Para hacer este nivel es requisito que hayamos hecho el nivel anterior. Cuanto más tiempo hayamos estado practicando lo aprendido en el primer nivel más jugo le sacaremos al segundo. En el segundo nivel se aprende el uso de símbolos y la transmisión de energía a distancia. No sólo podemos transmitir energía con la imposición de manos, sino que también podemos enviar energía mentalmente a una persona que se encuentre lejos de nosotros. En este nivel se aprende a usar Reiki para enfocarlo a la sanación de problemas emocionales y mentales, como podrían ser el estrés y la depresión. En el segundo nivel se reciben el Cho-Ku-Rei, el Sei-He-Ki y el Hon-Sha-Ze-Sho-Nen.
• Nivel III. En este nivel cerramos la parte de sanación del Reiki, se aprende a realizar una cirugía psíquica, que es una técnica de sanación muy potente. Se da un enfoque más espiritual del Reiki, tanto a nivel personal como terapéutico. Se aprenden meditaciones orientadas al desarrollo interno. También se reciben nuevos símbolos, en concreto el Dai-Koo-Myo Usui y el Raku. En algunos sistemas el Dai-Koo-Myo Usui y el Dai-Ko-Myo Tibetano o no Tradicional.
• Maestría Reiki. En este nivel se aprende todo lo necesario para enseñar Reiki a otras personas. Se explica todo el proceso de iniciación para cada uno de los diferentes niveles. Se recibe el Dai-Ko-Myo Tibetano y la Serpiente de Fuego Tibetana. En algunos sistemas se recibe el Raku y la Serpiente de Fuego. En otras variantes también podemos recibir otros símbolos como el Dragón de Fuego o el Dummo.

En los sistemas de Reiki Tradicional Japonés podemos encontrar la siguiente división de niveles:
• Shoden, la entrada. Se enseñan los conceptos básicos del Reiki Tradicional Japonés, la historia, etc. Aprendemos las siguientes técnicas: Byosen Reikan-Ho, escaneado para detectar las zonas donde se necesita la energía. Tandem Chyrio-Ho, técnica de desintoxicación. Ketsueki Kokan-Ho, limpieza del cuerpo. Hakikiri Joka-Ho purificación de la energía negativa. Hado Kokyu-Ho, respiración vibracional, entre otras técnicas y también aprendemos la meditación Gassho y a conectarnos con la energía Reiki. En la escuela de Reido Reiki se aprende el símbolo Koriki, en general en las otras escuelas no se enseñan símbolos hasta el segundo nivel.
• Okuden, conocimiento profundo. Se enseña el trabajo con símbolos y la transmisión de energía a distancia. También las siguientes técnicas japonesas: Nentatsu-Ho, mensajes al subconsciente. Hado Meiso-Ho, meditación vibracional, Reiki Mawashi, círculo de Reiki. Hatsurei-Ho, diferentes técnicas de meditación y purificación. Chakra Kassei Kokyo-Ho , meditación activadora de Chakras, entre otras técnicas. Aprendemos los símbolos Zui-Un, Fukuyu y Honja-Ze-Shonen.
• Shinpiden, conocimiento misterioso. Aprendemos el símbolo maestro y todo el proceso de transmisión de la enseñanza Reiki, iniciaciones, reiju, etc. También aprendemos la técnica Sekizui Joka Ibuki-ho, limpieza de la columna vertebral. Normalmente se suele hacer un repaso de todas las técnicas del sistema Reiki Tradicional Japonés. También se enseñan meditaciones especiales y técnicas para autoiniciarse. Aprendemos el símbolo maestro Dai-Koo-Myo Usui, versión japonesa.
El conjunto de técnicas que se enseñan en el sistema Reiki Tradicional Japonés pueden variar en función del maestro, escuela o subsistema de Reiki Japonés. Aunque a grandes rasgos todos llegan a la misma meta. Por lo general aprenderemos un conjunto de técnicas para aplicarlas a otras personas, que muchas veces son una mezcla de Shiatsu y Reiki, con palmadas, fricciones, digitopuntura, etc. Y otro conjunto de técnicas para uno mismo, orientadas a la purificación y al aumento del nivel vibracional. Los japoneses hacen mucho hincapié en la purificación del canal Reiki para que la transmisión energética sea de la máxima calidad posible, y obtener así el mejor beneficio para el practicante y el paciente. También tienen su sistema de posiciones de manos que basan sobretodo en el escaneado (Byosen) previo a la transmisión de Reiki. En tiempos de Hayashi, hasta que un alumno no dominaba la técnica del escaneado no podía seguir aprendiendo las siguientes enseñanzas Reiki.
Conclusiones

Mucha gente que empieza en el mundo del Reiki se pregunta cuanto tiempo tiene que pasar entre un nivel y otro. Básicamente tendrían que pasar al menos entre 21 y 30 días, que es lo que dura el ajuste interno vibracional que causa el recibir una iniciación. Pero, a un nivel de asimilar y aprender realmente todo el contenido de un curso, de 6 meses a 1 año entre nivel y nivel sería lo adecuado. No hay que tener prisa por querer llegar hasta el final y convertirnos en maestros. Será mucho más maestro una persona que ha cursado los 4 niveles en 3 o 4 años practicando extensamente cada nivel que no una persona que ha hecho los 4 cursos en 4 meses. Intenta escuchar tu interior y sentir verdaderamente cuando estás preparado para ir un poco más allá. Nuestra alma no tiene prisa y Díos tampoco.
Tampoco es necesario cursar todos los niveles para hacerse Reiki a uno mismo o a otras personas. Cuanto más aprendemos mejor, pero a nivel terapéutico, por ejemplo, con tan solo cursar los niveles I y II tenemos bastantes técnicas y recursos para dedicarnos a la sanación. Cada persona debe escuchar su interior para saber hasta dónde quiere llegar, para descubrir si lleva dentro un terapeuta, un maestro o simplemente un trabajador de la luz.

Yo divido la evolución del Reiki en dos grandes bloques. Reiki Occidental y Reiki Tradicional Japonés. El Reiki occidental es el que vino de Japón a través de la señora Hawayo Takata, que aterrizó en Hawaii y de allí se extendió a California y después al resto del mundo occidental. En la sección histoias de reiki puedes encontrar más información sobre todo esto. Del Reiki que nos trajo la señora Takata aparecieron varios sistemas:
• Reiki Usui Shiki Ryoho: Este sistema, aunque tiene un nombre en japonés, es de la línea occidental. Significa "Sistema de Usui de sanación natural". Es un sistema de Reiki que ha intentado mantenerse fiel a las enseñanzas de Hawayo Takata. Este es el sistema que difundió y sigue difundiendo la Reiki Alliance. Asociación que capitanea Phyllis Lei Furumoto sobrina de Takata. En este sistema la enseñanza se divide en tres niveles: primero, segundo y maestría. Solamente utiliza los 4 símbolos originales de Reiki, versión Takata: Cho-Ku Rei, Sei-He-Ki, Hon-Sha-Ze-Sho-Nen y Dai-Koo-Myo Usui.
• Reiki Usui Tibetano: Este sistema lo desarrolló el maestro americano William L. Rand. Básicamente son las enseñanzas de Takata con algún añadido más. Rand incluyó alguna técnica de curación extra como la cirugía psíquica y la sintonización de sanación. Es un sistema de mentalidad más abierta que el anterior. Debe el nombre de Tibetano por incluir dos símbolos de origen Tibetano y algunas enseñanzas budistas. Este sistema se enseña en un total de 4 niveles: primero, segundo, tercero y maestría. En total este sistema consta de 7 símbolos, en algunas variantes tiene hasta 9. Por lo demás es un Reiki puramente occidental. Además de los 4 símbolos Reiki de Takata, este sistema añade los siguientes símbolos: Dai-Ko-Myo Tibetano, Raku, Serpiente de Fuego, Dragón de Fuego y Tummo.
También ha habido maestros independientes o pequeñas asociaciones de maestros que han ido transmitiendo el Reiki según lo sentían, y siguiendo la línea de enseñanzas de Takata. Estos maestros han permanecido libres de las imposiciones que dictan las grandes asociaciones de Reiki. Hay que agradecer también su trabajo de difusión.
Durante algunos años hubo una especie de lucha de poder, ya que algunas escuelas pretendieron tener la exclusividad del Reiki. Alegando que su linaje era más puro, que sus enseñanzas no habían sido manipuladas, etc. No se puede pretender tener la exclusividad de una cosa tan universal. Yo puedo haberme formado con un maestro que tenía el peor de los linajes posibles. Pero si ese maestro, ha practicado todos los días y lleva una vida enfocada al amor, su transmisión energética será mágica y maravillosa.
En el siguiente esquema podemos ver los distintos linajes que han derivado de la línea de Reiki Occidental:

El siguiente gran bloque es el bloque de Reiki Tradicional Japonés. Llamaremos con este nombre sólo a los estilos de Reiki que se derivaron de las enseñanzas de Usui y que no salieron de Japón. Hacia los años 90, algunos maestros occidentales fueron a Japón y no encontraron el Reiki por ninguna parte. Empezaron a fundar escuelas de Reiki y a enseñar Reiki a los japoneses. A raíz de esto, los japoneses que sí practicaban Reiki, pero que habían permanecido ocultos hasta el momento, se dieron a conocer y empezaron a difundir sus conocimientos. A partir de aquí nacieron varios sistemas de Reiki Tradicional Japonés.
• Usui Reiki Ryoho Gakkai: Este es el nombre de una sociedad de maestros que fundó el propio Usui y que ha sobrevivido hasta nuestros días. Gazburo Ushida fue quien sustituyó en la presidencia de la asociación a Usui, cuando éste murió. Esta sociedad permaneció oculta muchos años y en la actualidad el maestro Masaki Kondoh es el presidente de la Gakkai. Muchas de sus enseñanzas todavía permanecen ocultas pero, poco a poco, esta asociación ha ido compartiendo con el resto del mundo sus técnicas y conocimientos.
• Reido Reiki Gakkai: Este sistema deriva de las enseñanzas de la Gakkai y lo capitanea el maestro japonés Fuminori Aoki. Tiene algunos añadidos a las enseñanzas de la Gakkai, pero básicamente las diferencias son mínimas. En este sistema nació el conocido símbolo del Koriki que le fue inspirado a Fuminori Aoki.
• Gendai Reiki Gakkai: Este es otro sistema derivado de las enseñanzas de la Gakkai y lo preside el maestro Hiroshi Doi. Este sistema presenta algunas variantes respecto a los otros y incluye alguna técnica más, pero las diferencias entre otros sistemas de Reiki Tradicional Japonés son pocas.
• Komyo Reiki Kai: Este sistema lleva el nombre de una escuela de Reiki Tradicional Japonés que creó el maestro Hyakuten Inamoto. Se diferencia de los otros sistemas por no proceder de la Gakkai. Este sistema viene de la línea del maestro Hayashi que permaneció en Japón y que también estuvo oculta durante años. Incluye algunas enseñanzas y técnicas más, así como los símbolos originales de Usui transmitidos a Hayashi, que son: Zui-Un, Fukuyu, Honja-Ze-Shonén y Dai-Koo-Myo (versión japonesa). En la actualidad, el maestro Hyakuten Inamoto es considerado como el sucesor se Mikao Usui por su elevado nivel evolutivo.
• Jinkinden Reiki: Otro sistema de Reiki Tradicional Japonés parecido a Komyo Reiki Kai y que también deriva de las enseñanzas de Hayashi.
Como puedes ver, han aparecido muchísimos sistemas nuevos. Curiosamente, todos estos sistemas dicen trabajar con energías muy superiores a las de Reiki Usui, con símbolos más potentes y por supuesto los cursos son mucho más caros. En cualquier caso, estos sistemas pueden contener alguna enseñanza o símbolo que nos funcione bien y con el que sintamos sintonía. Mi intención aquí no es la de menospreciar ningún sistema, sino más bien, puntualizar algunas cosas. Uno nunca sabe donde puede encontrar sus detonadores, pero muchos de estos sistemas han nacido de una clara ambición económica. Hay que tener en cuenta que entre todos los maestros que han desarrollado un sistema de Reiki, el Maestro Mikao Usui es el único que alcanzó el estado de Satori. Esto significa que es el único maestro, al menos que yo conozca, que creó un sistema libre de ego, pensado para el crecimiento espiritual y la sanación. Un sistema sencillo, con una serie de herramientas muy útiles y una filosofía basada en el amor y el respeto.